UN DISPARO A LA INTELIGENCIA

Posted on junio 23, 2011

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“No hay extensión
más grande que mi herida
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida
Ando sobre rastrojos de difuntos
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Miguel Hernandez

Aproximadamente las 15h del martes 21 de Junio. Una chica busca un arma. Acaba de ver un intruso en su casa. Está asustada y quiere defenderse. Escucha un disparo. Manuel, tirado en la cocina, con una bala en la cabeza, se desangra. El intruso escapa. El padre llama a una ambulancia. Manuel muere en el hospital, 4 horas después.

Cuatro líneas: el capítulo final de mi hermano y actor Manuel Calisto.

Foto cortesía de Lorena Cordero y Simon Brauer

Una amiga dijo con sabiduría que el dolor no es lo mismo que el sufrimiento. En estos momentos de shock, todos los que amamos a Manuco debemos lidiar con el sufrimiento. Atenuarlo. Dominarlo. El dolor nunca se irá. El vacío se disimula, no se llena. Días oscuros: el talento y la calidad humana de este hombre, no tienen reemplazo. Su luz se apagó con el gesto más absurdo, fugaz e hijo de puta: apretar el gatillo. Y chao Manuel.

No fue un disparo a la cabeza. Fue un disparo a la inteligencia. A la valentía. Porque Manuco supo vivir fiel a sus principios y pagar el precio: comerse la camisa, darse muy pocos lujos y sobrellevar la angustia de no siempre tener trabajo. No aceptaba guiones para papeles cojudos. No hacía publicidad. No trabajaba “de acolite”. Y solo se metía en aquello que considerara un desafío o interesante.

La primera vez que lo vi fue en “Cuando me toque a mí”. Me sorprendió tanto que escribí el papel del “Secretario” en mi corto VALDEMAR pensando en él. Nos hicimos amigos durante el rodaje. Y en los meses posteriores, hermanos. Recuerdo un break entre escenas, una de las pocas conversaciones que tuvimos sobre política. Me preguntó si yo era de izquierda o derecha. Le dije que ninguna, que yo era patafísico. ¿Qué es eso?, preguntó. Que la izquierda y la derecha me valen verga, le dije. Elé! también he sido patafísico, contestó. Desde ahí emprendimos una hermandad que, mirando hacia atrás, debió tener muchos más capítulos. Debimos revisar más guiones, compartir más copas, tener más charlas, asaltar más bares, criticar más películas, amanecer en más ciudades. La muerte tan abrupta de un amigo es como un salto al vacío que nunca termina.

Manuel y yo en el rodaje de VALDEMAR. Septiembre 2008

Tomándonos las cosas con humor antes de un plano muy dramático

Interpretando al Secretario en Valdemar. Fotos: Alfredo Nuñez

De su talento como actor, ya hablarán suficiente. Y lo comprobarán ustedes en las cintas que dejó.

Comparto acá, algunas cosas más para recordarlo. En noviembre del año pasado le hice una entrevista para SoHo, como parte de un especial dedicado a los actores. El resultado fue este testimonio en primera persona. Para ilustrarlo, quién mejor que otro hermano, Diego Cifuentes, que le hizo un maravilloso retrato: Manuco sostiene un collar de perro donde tiene a su “mascota”; Alex Cisneros (que interpreta a uno de los doctores en Valdemar). Manuel y Alex. Alex y Manuel. Inseparables. Venían en combo. Alex no pierde un amigo. Pierde una mitad.

Hoy resulta imposible manejar esto con claridad, dar con las palabras adecuadas. Que sean entonces las palabras, las actuaciones y las fotografías de Manuco las que hablen. Con el tiempo, se irá el sufrimiento. Quedará el dolor. Pero su escencia verá la luz, nuevamente, en todos los que fuimos marcados por la fortuna de ser sus amigos.

Salud mi hermano, donde quiera que estés.

Ve tranquilo, compadre.

Manuel Calisto y Alex Cisneros. Fotografía: DIEGO CIFUENTES

Lo que la actuación me enseñó de la autenticidad
(Texto publicado en SoHo, Noviembre 2010)

Por Manuel Calisto

El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si
lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún
precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

Nietzsche

De niño fui a Disney, pero pensaba en la muerte. Me intrigaba tanto como ahora. Soñaba con un desastre enorme que termine con tanta farsa… un “terremotazo”. Y se me dio, en 1987, cuando la tierra tembló con tanta fuerza que me arrepentí enseguida. Me decía a mí mismo: “mentira, mentira…” para que no ocurra nada más.

Me gustaba cuando amanecía lloviendo. Los profesores tenían que prender la luz del aula y los niños ir abrigados al colegio. Me seducía esa idea del castillo medieval con neblina y olor a musgo, que me hacía sentir bien. Superman y el salón de la justicia no significaban nada. Mi superhéroe era Boris Karloff. Descubrí la actuación estando solo… mi hermano es 10 años mayor. Mis primos eran grandes, así que jugaba por mi cuenta creando el mundo en blanco y negro que me gustaba. Desde entonces me gusta la música clásica, sobre todo Chopin, y pasar melancólico… como con ganas de llorar. Nunca me dio pena ni vergüenza. Me parece bien sentirme así.

Mi desprecio por dormir en las noches me llevó a las películas en blanco y negro. De pronto me dio ganas de actuar. Pero no solo eso, sino hacer de todo: ser realizador, vestuarista, músico, editor. Me como mierda que una película cueste tanto, porque puedes hacer un buen corto hasta con el celular si tienes talento. El talento no viene junto con la cámara de 35 mm. Por eso en el 96 hice una película muda editada en cámara Los Croñañones. Sabía que la mayoría de amigos que “acolitaban” era pésimos actores, así que opté porque no existan diálogos. Es una película llena de errores, pero totalmente honesta y por eso funciona. En estos días fue seleccionada para una retrospectiva del festival Cero Latitud. Cuando los del festival me preguntaron en qué tenía el máster les dije: “No te entiendo, no sé qué es un máster”. “La madre de tu material”, me contestaron. “Ah… un VHS, de esos cuadrados grandes”, respondí. No soy nada técnico. Sospecho que a algunos les va a extrañar que una película tan básica se proyecte, y no una cargada de efectos, recursos y vanidad.

Cortesía de Lorena Cordero y Simon Brauer

No me parece que hay que darle gusto a la sociedad. La identidad y el respeto no vienen de admirar todo lo que hacemos sino de cuestionarlo. Si creemos que todo está bien, vamos a 200 km por hora hacia la mediocridad. Por eso no me gusta eso de “apoyar el talento nacional” por el simple hecho de que sea nacional. Cuando alguien me dice: “Pero es que han hecho un gran esfuerzo en esta película y hay que valorarlo”, yo les sugiero que se inventen distintos premios: Premio al esfuerzo (es mediocre, pero se hizo un gran “esfuerzo”), Premio a la mayor cantidad de público (es mediocre, pero es un éxito de taquilla), Premio a la trayectoria más larga (es mediocre, pero lleva 25 años haciendo cosas mediocres) y el Premio a la mejor película.

Tal vez por eso no trabajo mucho. Tampoco trabajo gratis. Me gusta que me respeten y me paguen por actuar. Los actores somos, en la mayoría de casos, los peor pagados cuando se hace cine aquí.

Y eso tiene que cambiar. Yo me valoro. Escojo lo que me gusta sin necesariamente esperar que a la gente le guste. Y eso, si bien puede llevarte a la soledad y muchas veces a pasar apuros económicos, te llena, porque significa permanecer fiel a uno mismo.

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Posted in: Cine