Hacer cine también es aprender a ver

Posted on enero 3, 2011

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“Yo busco mi público para darles materialmente muy poco, y solo les pido que me escuchen. Los políticos buscan a sus electores, primero, para que les voten y, después, una vez elegidos, para organizarles la vida, para decirles lo que es bueno y lo que es malo, para concederles ciertas cosas y prohibirles otras. Por el contrario, yo busco al público simplemente para tener un contacto, para poder hacer preguntas.”

Krzysztof Kiesowski

Muchos amigos, colegas y desconocidos me preguntan con frecuencia por qué ando tan metido en la política y no me concentro más en el cine, que al fin y al cabo es lo que mejor hago y lo que más me gusta. La respuesta es simple: no puedo hacer cine ignorando el contexto político, social, humano, cultural, que me rodea. Si bien esos no son los únicos elementos que motivan las historias que escribo, si son el escenario donde transcurren. Me resulta imposible entonces separar el arte de la realidad. Y la vida no son solo conflictos internos. De pelado pensaba que el cine era una buena herramienta para cambiar el mundo. Al estudiarlo, entendí por qué: el cine es el único arte que sumerge a su público en una realidad temporal – lo que dure la película – y le hace vivir una experiencia de vida, una experiencia real. Con ningún otro arte, el público puede llegar a sentir, por un par de horas, que su vida es la del protagonista con tanta intensidad y realidad. Esa cualidad se la debemos a 3 cosas: imagen, sonido y edición. La experiencia virtual se complementa con la emoción. El cerebro humano no distingue las experiencias reales de las virtuales, por lo tanto, si ves una película que realmente te llega y conmueve, estás viviendo, en la realidad, la experiencia que te deja una historia. No en forma de lección o “moraleja”, sino a través de emociones reales. En palabras simples: una buena película puede ser una experiencia de vida. Y uno aprende, cambia y evoluciona, luego de vivirla. Sobre la marcha aprendí que el cine no puede cambiar el mundo. Los cineastas vamos 116 años intentándolo y el mundo no parece mejorar. Pero el cine puede cambiar a las personas. No es lo mismo, pero es igual.

Kieslowski cuando empezaba

Por esa misma cualidad, el cine, ficción o documental, tiene la capacidad de ilustrar la vida, de registrar los hechos con alto poder de persuasión. Se convierte entonces en una poderosa y relativamente nueva herramienta para acercarse a la verdad. Y esa cualidad, siempre tendrá sus detractores, sobre todo en las esferas del poder. Tomé conciencia de esta cualidad hace varios años, cuando ví una de las películas que más me han conmovido: EL AFICIONADO (Amator, título original o Camera Buff en inglés), de Krzysztof Kieslowski, estrenada en 1979.

El Aficionado cuenta la historia de Philip, un hombre común y corriente, un obrero más en la Polonia comunista viviendo la utopía del cambio social. Philip trabaja en una fábrica, está casado y a punto de tener una hija. El nacimiento de su primogénita lo motiva a comprar una pequeña cámara de 8mm para filmarla. La primera vez que Philip ve a su hija, su emoción es tal, que su reacción es filmar. Es allí cuando recibe su primera reprimenda, de su esposa: “la niña está desnuda, no la filmes así” “¿Por qué?” “Porque es mujer”. Philip se detiene, sin saber si sentir frustración o culpa. Con el tiempo, Philip se dará cuenta de que hay más temas para filmar que su hija. Puede filmar las calles, las personas, su fábrica. Puede hacer documentales. Puede contar historias. Philip poco a poco empieza a tomar conciencia del poder del cine. Descubrirá que hay cosas que a ciertas personas no les interesa que sean registradas. Hay momentos donde es mejor apagar la cámara, porque mantenerla encendida es sinónimo de problemas, censura y represión. Esta nueva circunstancia, este nuevo oficio, disparará la curiosidad de Philip y solo lo motivarán a seguir filmando. La cámara es tan protagonista de esta historia como el hombre que redescubre el mundo a través de ella, y se da cuenta de que hay mucho más allá de la verdad aceptada, de la imposición oficial. Como todo, tendrá que pagar un alto precio con su familia por hacerlo. Su esposa nunca entenderá por qué Philip no puede ser un obrero más y no andar metiéndose en problemas, como hace todo el rebaño, que no está interesado en  hacer preguntas.

El Aficionado es una película sobre aprender a ver, antes que sobre aprender a filmar.  Cito al cineasta Serafino Muri: “El Aficionado ofrece también una disección de la política cultural de la Polonia Gierek, en la que, según la misma retórica “popular” toda actividad amateur, incluso en el ámbito cinematográfico, se había convertido en una especie de institución subvencionada e incentivada por el Estado en su intento demagógico de hacer posibles todos los medios de producción de la cultura” El Aficionado es también un homenaje de Kieslowski a quienes amamos este oficio y nos jugamos hasta la familia por él. Pero sobre todo, es un grito a favor de la curiosidad y la inconformidad. A favor de quienes han optado por buscar sus propias conclusiones del mundo antes que repetir bee bee y dejarse llevar por la corriente.

32 años después del estreno de El Aficionado, esta película me llega más que nunca. En un Ecuador donde al Estado le falta poco para consolidar la homogeneización de un discurso, donde  “la verdad” y los “culpables” se definen en una estrategia de propaganda, donde crece el rebaño o el miedo y la masa aplaude los excesos que votó por erradicar, es casi obligatorio que todos aprendamos a ver.

Este blog, donde hablaré de cine, política, periodismo y fútbol, mis pasiones, es también un ejercicio personal para aprender a ver. Ojalá se convierta con el tiempo en un ejercicio colectivo para alejarse del rebaño. Kieslowski alzó su voz contra el mecanismo ciego del poder, que sobrepasa la voluntad y las intenciones de los hombres que lo practican. Hagámoslo nosotros también.

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Posted in: Cine, Política